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Tierra Colombiana

la leyenda del horcón

La leyenda del horc√≥n es un relato po√©tico compuesto por el ya fallecido ¬†payador Uruguayo Juan Pablo L√≥pez. En su poema titulado el horc√≥n cuenta como un anciano confiesa a un grupo de personas, un crimen cometido hace muchos a√Īos, al terminar la historia su hijo lo abraza y le perdona por aquel error.

A continuación, dejo la letra de la leyenda el horcón, en la versión original de Juan Pablo López.La Leyenda del horcon

 

Leyenda del horcón Juan Pablo López.

Llovía torrencialmente,

y en la estancia del Horcón,

como adornando el fogón,

estaba toda la gente.

Dijo un viejo de repente:

“Les voy a contar un cuento.

Aura que el agua y el viento

traían a la memoria mía

cosas que naide sabía

y que yo diré al momento.

Tal vez tenga que luchar

con m√°s de un inconveniente

pa que resista la mente

el cuento sin lagrimear,

pero Dios, que supo dar

paciencia a mi corazón,

tal vez venga esta ocasión

a alumbrar con su reflejo

el alma del gaucho viejo

que ya le espera el cajón.

No se asusten si mi cuento

les recuerda en este día

algo que ya no podía

ocultar mi sentimiento.

Vuelquen todos un momento

la memoria en la pasao,

que allí verán retratao,

con tuitos sus pormenores,

una tragedia de amores

que el silencio ha sepultao.

Hay cosas que yo no puedo

detallar como es debido:

unas, porque se han perdido

y otras, porque tengo miedo;

pero ya que en el enriedo

los metí, pido atención,

que, si la imaginación

me ayuda en este momento,

conocer√°n por mi cuento

LA LEYENDA DEL HORC√ďN

Alcancenmén un amargo

pa que suavise mi pecho,

que voy a dentrar derecho

al asunto, porque es largo;

haré juerza, sin embargo,

llegar hasta el final,

y si atiende cada cual

con espíritu sereno,

ver√°n como un hombre g√ľeno

llegó a hacerse criminal.

Setenta a√Īos qui√©n dir√≠a

que vivo aquí en estos pagos,

sin conocer m√°s halagos

que la gran tristeza mía;

setenta a√Īos no es un d√≠a,

pueden tenerlo por cierto,

pues si mis dichas han muerto,

aura tengo la virtud

de ser pa esta juventud

lo mesmo que un libro abierto.”

Iban a golpear las manos

por lo que el viejo decía,

pero una lágrima fría

les detuvo a los paisanos.

“Hay sentimientos humanos

-dijo el viejo conmovido-

que los a√Īos con su ruido

no borran de mi memoria,

y este cuento es una historia

que pa mi no tiene olvido.

All√° en mis a√Īos de mozo,

y perdonen la distancia,

sucedió que en esta estancia

hubo un crimen misterioso.

En un alaz√°n precioso

llegó aquí un desconocido,

mozo lido, muy cumplido,

que al hablar con el patrón

quedó en la estancia de pión,

siendo dispués muy querido.

Al poco tiempo nom√°s

el amor le picotió,

y el mocito se casó

con la hija del capataz;

todo marchaba al comp√°s

de la dicha y del amor,

y pa grandeza mayor,

dios le mand√≥ con cari√Īo,

un blanco y hermoso ni√Īo

m√°s bonito que una flor.

Iban pasando los a√Īos

muy felices en su choza:

ella, alegre y g√ľena moza;

√©l, fuerte y sin desenga√Īos.

Pero misterios extra√Īos

llegaron… y la traici√≥n

deshizo del mocetón

sus m√°s queridos anhelos,

y el fantasma de los celos

se clavó en su corazón.

Aguantó el hombre callao

hasta dar con la evidencia,

y un día fingió una ausencia

que jamás había pensao.

Dijo que tenía un ganao

que llevar pa la tablada,

que era una g√ľena bolada

pa ganarse algunos pesos,

y así entre risas y besos,

se despidió de su amada.

A la una de la ma√Īana

del otro día justamente,

llegó el hombre de repente

convertido en fiera humana;

de un golpe hechó la ventana

a el suelo en mil pedazos,

y avanzando a grandes pasos,

ciego de rabia y dolor,

vio que su √ļnico amor

descansaba en otros brazos.

Como un sordo movimiento

en seguida se sintió;

después un cuerpo cayó,

y otro cuerpo en el momento;

ni un quejido ni un lamento

salió de la habitación;

y pa concluir su misión

cuando los vió difuntos,

los enterró a los dos juntos

allá donde está ese horcón.

En la estancia se sabía

que la ingrata lo enga√Īaba,

pero a él naide le contaba

la disgracia en que vivía;

por eso la Polecía

no hizo caso mayormente,

pues dijeron: “La inocente

se jue con su gavil√°n…,

y en cambio, los dos est√°n

descansando eternamente.”

-¡Ahijuna!-gritó un paisano-,

si es así lo que habla el viejo,

¡ése era un macho, canejo!

¬°Yo le besana la mano!…

-Yo soy-le gritó el anciano-,

¬°Venga, m’hijo, b√©same!…

Yo fui, m’hijo, el que mat√©

a tu madre disgraciada,

porque en la cama abrazada

con otro hombre la encontré.

-Hizo bien, tata querido

-gritó el hijo sin encono-;

venga, viejo lo perdono

por lo que tanto ha sufrido;

por aura, tata, le pido

que no la maldiga m√°s,

que si jue mala y audaz,

por mí, perdónala, padre,

que una madre siempre es madre.

¬°D√©jala que duerma en paz!…

Los dos hombres se abrazaron

como nunca lo habían hecho;

juntando pecho con pecho,

como dos ni√Īos lloraron;

padre e hijo se besaron,

pero con tal sentimiento,

que el humano pensamiento

no pudo pintar ahora

la escena conmovedora

de aquel tr√°gico momento.

Los ojos de aquella gente

con el llanto se inundaron,

y todos mudos quedaron

bajo un silencio imponente;

volvió a decir nuevamente:

-Allí están, en el horcón.

Y poniendo el corazón

el anciano en lo que dijo,

le pidió perdón al hijo

y el hijo le pidió perdón.

Original de Juan Pablo Lopez

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